Wednesday, March 7, 2012

El Abate Constanín by Ludovic Halévy – Full Text (Chapters 1-4)



        BIBLIOTECA DE «LA NACION»        

LUDOVIC HALÉVY

EL ABATE CONSTANTIN


BUENOS AIRES
1909

·         Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII

Ludovic Halévy, hijo de León Halévy—literato y autor dramático—sobrino del célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia. Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a la administración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio de Estado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia y de las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasando entonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En 1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con la señorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración para dedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya había obtenido buenos triunfos.

Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista de Offenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con el seudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: Adelante, señores y señoras, prólogo de apertura, en colaboración con Méry; Lleno de agua; Madama Papillón; hizo representar otras obras con su nombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo con Enrique Meilhac.

«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad—dice Sarcey,—ha mantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginación de Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sido suficientemente apreciadas.

»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno se divierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos de veces y se habla de ellas con desdén. Tales son: La bella Elena, Barba Azul, Los brigantes, La gran Duquesa, La vida parisiense, El castillo de Toto. Hay en estas parodias entretenidísimas de la vida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátiras en acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producido este género en los últimos tiempos.»

He aquí las obras que ha escrito para el teatro: Bataclán (1855), opereta; El empresario (1856), opereta; Rosa y Rosita (1858), comedia; El marido sin saberlo (1860), opereta en colaboración con su padre y cuya música es del Duque de Morny; La canción de Fortunio; El puente de los suspiros; Orfeo en los infiernos (1861), operetas dadas en los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; Las ovejas de Panurgo (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejó de trabajar desde entonces; La llave de Metella (1862); Los molinos de viento (1862); El brasileño (1863); El tren de media noche (1864); Nemea, baile con representación (1864); La bella Helena (1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en el teatro Variedades con éxito enorme; Barba Azul (1866), tres actos; La vida parisiense (1866), cinco actos; La gran Duquesa de Gerolstein (1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; La pericholle (1868), dos actos; Fanny Lear (1868), drama tremendo desarrollado en una ligera comedia de cinco actos; Frou-frou (1869), elegía parisiense en cinco actos; La diva (1869), tres actos; Los brigantes (1869), tres actos; Tricoche y Cacolet (1871), comedia bufa en cinco actos; La señora espera al señor (1872); Velada (1872), comedia en tres actos; Dos mujeres o el cuarto condenado (1875), comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: Manzanita, opereta de Offenbach.

Con Meilhac ha producido: ¡Todo para las damas! (1868); El hombre con llave; Las campanillas (1872), piececita moderna que los grandes maestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; Toto en casa de tata (1873); El rey Candaule (1873); El verano de la San Martín (1873); La ingenua (1874); Media cuaresma (1874), todas piezas muy graciosas en un acto; La panadera a dos escudos (1875), ópera bufa en tres actos, música de Offenbach; La bola (1875), comedia en cuatro actos; Pasaje de Venus (1875); La viuda (1875), tres actos; Loulou (1876); El ramo (1876); El mono de Nicolás (1876), piezas en un acto; El príncipe (1876), en cuatro actos; La cigarra (1877), en tres actos; Fandango (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile con representación; El duquecito (1878), ópera cómica en tres actos; El marido de la debutante (1879), en cuatro actos; La casita (1879), Lolotte (1879); La pequeña señorita (1879), ópera cómica en tres actos; La madrecita (1880), tres actos; Janot (1881), ópera cómica en tres actos; La Roussotte (1881), comedia en tres actos.

Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado La señora y el señor Cardinal (1872); La invasión, recuerdos y narraciones, colección de artículos sobre la invasión prusiana, que vieron la luz pública en «Le Temps»; El sueño; El caballo del trompa; El último capítulo (1873); Notas y recuerdos (1870-1872); Marcelo (1876); Las pequeñas Cardinal (1880); Un matrimonio por amor (1881); El abate Constantín (1882); Criquette (1883); La familia Cardinal (1883); Princesa (1886); Tres centellas (1886); Karikari, Un vals, etc. (1891), forman un volumen de preciosas narraciones.

Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y su personalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy ha sabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dice Pailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en una forma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortos para que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que los comprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, y con pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»

Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4 de febrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del Conde D'Haussonville. Del discurso pronunciado por Pailleron, director de la Academia, sacamos el juicio sobre El Abate Constantín:

«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante y discreta, vuestro volumen Dos matrimonios es quizá el tipo más acabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado para que pueda detenerme. Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obras que señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: El Abate Constantín, La invasión, y desde luego, y sobre todo... miro si la bóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobre todo El señor y la señora Cardinal.

»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros; habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerla amar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidad porque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil para prever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa? Nadie... ni aun vos mismo.

»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por poco académico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en el movimiento moderno.

»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan, la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas la consideran inútil. Nuestros autores dramáticos, que desde tiempo inmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le han suprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestros poetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sino la grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla por su ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verla respetada hay que abrir la Biblioteca Rosa; para verla respetada, es necesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!

»¡Escuchad! ¿queréis saber dónde está literariamente? Algunas veces espigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros esta historia:

»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, y que es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que es mundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólo la adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentemente buena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con un gusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aun hasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo!

»Un día—el de su santo—voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo. Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversación rápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionada y hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de ser sorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro. ¿Qué podía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que había leído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado? Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirviente anunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara a recibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor, ¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas y con el rubor en la frente?... era El Abate Constantín.

»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestro romance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se le ha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito. ¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad! ¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana que tiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial, sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenas acciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni en la naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nos encanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nos acomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando se vive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frasco de esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira y se renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga de aire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.»

El Abate Constantín gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoy va por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó en la Biblioteca Popular de Buenos Aires, dirigida por el Dr. Miguel Navarro Viola, la traducción que ahora reproducimos.

En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.



EL ABATE CONSTANTIN

I

Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil curso de agua llamado el Lizotte.

Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos azules pegados a los pilares.

Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m. tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny, la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:

1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques, vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos mil francos.

2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base: quinientos mil francos.

3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base: cuatrocientos mil francos.

4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.

Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable suma de dos millones cincuenta mil francos.

Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún comprador.

La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.

Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?

¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos, junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.

El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además, los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años, venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:

—Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.

¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert, la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.

La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla, y decirse:

—¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año tendremos una excelente cosecha.

Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya última hora había llegado.

El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera a misa, y éste respondía:

—Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos harán abrir la puerta del Paraíso.—Y maliciosamente añadía, dando un suave latigazo a la vieja yegua:—¡Si lo hay!

—¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!

—Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del Paraíso, no es así?

—Sí, es San Pedro.

—Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis: «¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá: «Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura de Longueval.

Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes. Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea, su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su alma permanecía tierna y cariñosa.

Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas de tierra.

Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una fe cándida y tranquila.

Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los que sufrían!...

Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su muerte, y se decía:

—¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.

Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza voces que lo llamaban.

—¡Señor cura, señor cura!

En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con su hijo Pablo.

—¿Dónde vais, señor cura?—preguntó la Condesa.

—A Souvigny, al Tribunal, para saber...

—Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos cuenta del resultado.

El abate Constantín subió al terrado.

Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida, pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas, acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que concluirá por amarme.»

De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación; resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni curarla de este amor que la consumía.

El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía, consagrándose por completo a la educación de su hijo.

Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardens era inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a toda obligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres o cuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algo serio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, y comenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, dos o trescientos mil francos.

Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa; tuvo la suerte desde el principio de formar parte de una pequeña columna expedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvo con mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a ser nombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba La fille de madame Angot, en el teatro de Argel.

Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó el servicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fue una bailarina... después una cómica... más tarde una amazona del circo. Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vida de los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro meses del año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, y le había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un real más antes de su casamiento.

La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.

De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre en París, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo, y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens: cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento de artillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y las grisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a las cantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetas en las provincias, y Pablo buscaba mucho.

Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjole ésta:

—Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombres de los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongo en duda el éxito de nuestra combinación.

Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mi vecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M. de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo y Blanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéis estar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallard son muy ricos y os darán mucho dinero.

En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube de polvo.

—Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.

Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castillo y llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.

—Y bien, ¿qué hay?—preguntó madama de Lavardens.

—¡Qué hay!—respondió M. de Larnac,—que no tenemos nada.

—¿Cómo nada?—interrogó la Marquesa bastante pálida y visiblemente conmovida.

—Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.

M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en la audiencia del Tribunal de Souvigny.

—Al principio—dijo,—todo salió a pedir de boca. El castillo se le adjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No apareció un solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuenta francos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertas llegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vence también M. Gallard. Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie; por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta y cinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sólo un aumento de cien francos sobre la tasación. Todo parecía terminado, los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados para saber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargado de la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta los cuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta mil francos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio. Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señor Gibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hasta entonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo: «Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientos mil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de un gran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, a quienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especie de respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina hacia Sandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una lucha entre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos mil francos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúa hasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M. Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre, el nombre del comprador!»—Es una americana—responde Gibert,—madama Scott.

—¡Madama Scott!—exclama Pablo.

—¿La conoces tú?—pregunta madame de Lavardens.

—¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baile en su casa, hará como seis semanas.

—¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer es entonces?

—¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!

—¿Y existe un señor Scott?

—Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lo mostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y no se divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse: «¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotros íbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Y os garantizo que valía la pena!

—¿Y vos conocéis a estos Scott?—preguntó la Condesa, dirigiéndose a M. Larnac.

—Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico, que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció su nombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estaba vencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casa de dos millones de francos, cerca del parque Monceau.

—Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...

—Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tu baile en casa de madama Scott.

—Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia de oro. Verdaderos par-venus que se divertían en arrojar locamente el dinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente; cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles de New-York.

—¡Mendigaba!

—Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquero de New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos, no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, en América creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, una mina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujo estallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Según dicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.

—¡Y esos son nuestros vecinos!—exclamó madama de Lavardens.—¡Una aventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, una protestante!

¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era católica! Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y la capilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se vería transformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial de algún pastor calvinista o luterano.

En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecía estar radiante.

—En todo caso, una preciosa hereje—dijo,—y hasta podría deciros, ¡dos divinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en el Bosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.

—Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de que hablabas... ¿Cómo fuiste a casa de las americanas?

—¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casa aquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que los miércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacía veinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que se esquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo: «Espera, te acompañaré a tu casa.—¡Oh! no voy a casa.—¿Y dónde vas?—A un baile.—¿En casa de quién?—En casa de Scott, ¿quieres venir conmigo?—Pero si no estoy invitado.—¡Ni yo tampoco!—¿Cómo, tú tampoco?—Voy en busca de uno de mis amigos.—¿Y conoce a los Scott, tu amigo?—Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues, y verás a madama Scott.—¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.—A caballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo que tiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»—Y así me decidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, y admiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré a ver cuando den bailes en Longueval.

—¡Pablo!—dijo la Condesa, señalando al cura.

—¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acaso algo... No, me parece que no...

El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera de allí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillo detenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas sus pequeños panfletos evangélicos.

Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción del palacio, que era una maravilla...

—De mal gusto y de lujo chillón—interrumpió madama de Lavardens.

—¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante. Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Un invernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instalada en el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes de abril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios del cotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas, bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia se los llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tanto escrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott; pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scott había sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padre la había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltando por sobre gallardetes y atravesando aros de papel.

—¡Una saltimbanqui!—exclamó la madre de Pablo,—¡yo prefería la mendiga!

—Y mientras Rogerio me contaba esta historia del Petit Journal, yo veía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo, envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sus hombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar de brillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro de Hacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de los brillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anterior había tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega a todo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, y que se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.

Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M. de Larnac, que estaba bastante disgustado, dejaba estallar con demasiada candidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.

El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; pero Pablo al verlo pronto a partir, exclamó:

—¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejante calor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje. Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por más santo que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!

Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba, hablaba, hablaba!

Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que su alegría se desbordaba.

—Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su lado trágico... ¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no la conocíais. ¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. La descubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez que toma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempre os lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómo tira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no es verdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque? Siempre os sentará bien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero... y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante de vos? Porque sentiría tanto...

—No, hijo mío, no he oído nada.

—Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.

Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a su primera frase:

—Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas por su lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una gran felicidad lo que acaba de suceder.

—¿Una gran felicidad?

—Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval. No habéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharles que gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero. La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo que más os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión. ¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causa pena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... y vos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caer una lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo! carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, rally-papers, paseos, bailes, fuegos artificiales... Y aquí en el bosque, en este mismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Y veré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba no hace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo! Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, en París. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises, con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos de amazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de la espalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formada para llevar vestidos así! Porque, mirad, señor cura, con los trajes de amazonas sin costura no hay engaño posible...

Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso de Pablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga y perfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a un caballero a galope.

—Mirad—dijo el cura a Pablo,—mirad vos que tenéis mejores ojos que yo; ¿no es Juan el que viene allá?

—Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.

Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar al caballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar de lejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dos galones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería de guarnición en Souvigny.

Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose al cura, le dijo:

—Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido a Souvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo?

—Una americana, madama Scott.

—¿Y Blanche-Couronne?

—La misma madama Scott.

—¿Y la Rozeraie?

—También madama Scott.

—Y el bosque... ¿todavía madama Scott?

—Tú lo has dicho—replicó Pablo...—Y yo la conozco a madama Scott... y vamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causa pena al señor cura... porque es una americana, una protestante.

—¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana, que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedo detenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.

—¿Para la revista?—preguntó Pablo.

—Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana, padrino!

El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas a su yegua.

—¡Qué buen muchacho es este Juan!—dijo Pablo.

—¡Oh! sí.

—¡No hay en el mundo nada mejor que Juan!

—No, nada mejor.

El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura del bosque.

—Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura.

—No, yo no.

—¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nada mejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! ved qué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéis que la llamo Niniche?

Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, que comenzó a trotar con un trote infernal.

—¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta las patas! ¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina... Inclinaos para ver.

El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver cómo levantaba las patas Niniche... mientras seguía pensando en otra cosa.

II

Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único del médico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en 1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, un doctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueña casita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos de Longueval y de Lavardens.

Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos de medicina. Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue el primero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer en París, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillante carrera, cuando recibió en 1852 la noticia de la muerte de su padre, ocasionada por un ataque de apoplejía. Marcelo corrió a Longueval con el corazón desgarrado: adoraba a su padre. Pasó un mes al lado de su madre, y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.

—Es verdad—le dijo ella,—es preciso que te vayas.

—¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que te dejaré aquí sola? Te llevo conmigo.

—¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, donde vivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo, porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no me olvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.

—No, madre mía—respondió él,—me quedaré.

Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en un minuto. Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a su madre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda su naturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en el cumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.

Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia; continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismo lugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, con placer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre le había dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivía modestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, de quienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.

Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en el mundo. Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un gran dolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y el nacimiento de su hijo Juan.

Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria de los muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino, al bautismo del nieto.

A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los que morían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismo movimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron que pertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de los buenos, los justos y los bienhechores.

Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de la plena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...

Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura las primeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo tales progresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo de algunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más que ellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido, a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo, el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos. Los dos niños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años.

Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo la siguiente proposición:

—Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches; el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar a los dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juan dará el ejemplo a Pablo.

Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, al pequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; mas estos excelentes ejemplos no fueron seguidos.

Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, los movilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea; llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctor Reynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: el sacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta.

El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval y pasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a la orilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre: «Llévame, papá, llévame.» La madre lloraba. El doctor los abrazó fuertemente a los dos, y continuó su marcha.

A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió, lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡La última! Ya no debía volver a verlos.

El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea de Villersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredes y habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Un movilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho y cayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!» gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de su camarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.

El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas, se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre por la boca.

—No hay nada que hacer—dijo el doctor;—se muere, es vuestro.

El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose, se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando se detuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrió hacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.

Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en el cementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos meses después, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, y detrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juan había perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte de su marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar una palabra ni derramar una lágrima. Después fue presa de la fiebre, el delirio, y al cabo de quince días murió.

Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familia en que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables, sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía también ser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajador y bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo que se cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistas que hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que la historia de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, como lo prueba esta narración.

El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneció triste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abate Constantín lo llevó consigo al presbiterio.

El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto al fuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y venía arreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuando Juan, de repente, levantando la cabeza dijo:

—Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?

La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oído mal.

—¿Me preguntas si tu padre?...

—Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.

—Sí, ha debido dejarte dinero...

—¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padre era rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?

—Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...

El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, en semejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y en ese corazón no debían caber tales pensamientos.

—Por favor, padrino, decidme...—continuó Juan con dulzura,—después os explicaré por qué os lo pregunto.

—Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos mil francos.

—¿Y eso es mucho dinero?

—Sí, es mucho dinero.

—¿Y todo ese dinero es mío?

—Sí, todo ese dinero es tuyo.

—¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante la guerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de una pobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también al hermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues ya que yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement y con Rosalía el dinero que me deja mi padre.

Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, y atrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blanca sobre la cabeza rubia del joven.

Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote, rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en las arrugas de su rostro.

Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herencia de su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo. Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.

—Vos, sin duda, mi padrino.

—No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer la tutela. Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que era uno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás lo que deseas.

En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñar las funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tan conmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma de dos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad de Juan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.

Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.

—Dadme a Juan—dijo al abate Constantín,—dádmelo hasta el fin de sus estudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No es un servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedo desear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamente Lavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sólo en París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello. Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mi vigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la más mínima diferencia entre ellos.

Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habría deseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en la separación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único que debía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.

—Hijo mío—le dijo madama de Lavardens,—¿quieres venir a vivir conmigo y con Pablo durante algunos años, en París?

—Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarme aquí!—dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.—¿Por qué partís?—continuó.—¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?

—Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestros estudios. Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiere ser soldado.

—Y yo también, señora, quiero serlo.

—¡Tú soldado!—exclamó el cura;—pero no eran esas las miras de tu padre... Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tu porvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea, médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidar a los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.

—Me acuerdo, me acuerdo.

—Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, y para eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo lo comprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir a París a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eres verdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; no se puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en el mismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldea hallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si por casualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz, ¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soy nada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus más ardientes votos; no puedes haberlo olvidado.

—No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoy seguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...

—¿Por él?...

—Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en el acto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado... ¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no os opongáis...

El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. La Condesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.

—Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo que quieras...

Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es un niño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambió de idea.

En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juan recibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que se publicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abate Constantín.

«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejército y no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en la escuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»

Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en las clasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrar a la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicación de Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayor de edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de su administración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la anciana Clement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos de renta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setenta mil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad en París, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.

Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau, lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Había uno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba tres kilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.

Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento de artillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de la casa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldea donde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba el recuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudo gozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y si debiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de ser médico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, y veía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar la tierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, se complacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él era Juan! Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leía claramente la rectitud, el valor y la bondad.

Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar un momento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, pues sabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo de aquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por la mañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba para las grandes ocasiones.

Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... y todas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejos de Longueval siempre era el pequeño Juan. Cierto paisano todo arrugado y agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar: «¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura el tal chicuelo.

Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivas ventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara de Rosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno de los testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la boda con las jóvenes de Longueval.

Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, a eso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta del presbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, que por sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en el patio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó y la besó con cariño en las dos mejillas.

—Buen día, mi buena Paulina, ¿cómo te va?

—Muy bien, ocupándome de tu comida. ¿Quieres saber lo que hay? Sopa de papas, una pata de carnero y crema.

—¡Admirable! Adoro todo eso y me muero de hambre.

—Y ensalada, se me olvidaba ensalada que tú me ayudarás a preparar. Comerán a las seis y media en punto, porque esta noche, a las siete y media, comienza el mes de María.

—¿Dónde está mi padrino?

—En el jardín. Está muy triste el señor cura, a causa de la venta de...

—Sí, ya sé, ya sé...

—Al verte se alegrará un poco. ¡Se pone tan contento cuando tú vienes! Cuidado... mira que Loulou se va a comer los rosales... ¡Qué calor tiene Loulou!

—Di toda la vuelta al bosque tan aprisa...

Juan tomó a Loulou que se dirigía a los rosales, la desensilló, la ató y le alcanzó un gran montón de pasto seco. Después entró a la casa, quitose el sable y cambió el quepis por un viejo sombrero de paja de cinco sueldos, y se fue a buscar al cura al jardín.

En efecto, el pobre abate estaba muy triste. No había pegado los ojos en toda la noche, él, que generalmente dormía con tanta facilidad como un niño. Su alma estaba desgarrada. ¡Longueval en manos de una extranjera, de una hereje, de una aventurera! Juan repetía lo que Pablo había dicho la víspera:

—Tendréis dinero, mucho dinero para vuestros pobres.

—¡Dinero, dinero!... Sí, mis pobres no perderán nada, quizá ganarán... Pero ese dinero tendré que ir a pedirlo, y en el salón, en vez de mi vieja amiga encontraré a esa americana de cabellos rojos, ¡parece que tiene los cabellos rojos! Iré seguramente por mis pobres, iré... y ella me dará dinero, pero no me dará nada más que dinero. La Marquesa daba algo más, daba parte de su vida, parte de su corazón, juntos íbamos todas las semanas a visitar a los pobres y enfermos. Ella conocía todos los sufrimientos y todas las miserias de la aldea. Y cuando yo estaba clavado por la gota en mi sillón, ella hacía las visitas sola, tan bien o mejor que yo.

Paulina vino a interrumpir esta conversación apareciendo con una inmensa ensaladera de loza, sobre la cual campeaban, violentas y chillonas, grandes flores rojas.

—Aquí vengo a buscar la ensalada. Juan, ¿quieres lechuga o achicoria?

—Achicoria—respondió Juan alegremente.—Hace mucho tiempo que no como achicoria.

—Pues bien, esta noche comerás... Toma, tenme la ensaladera...

Paulina comenzó a cortar la achicoria, y Juan se inclinaba para recibir las hojas en la gran ensaladera. El cura los miraba hacer.

En ese momento se oyó un ruido de cascabeles. Se acercaba un carruaje que sonaba demasiado.

El jardincito del abate Constantín, sólo estaba separado del camino por una verja muy baja, en medio de la cual había una pequeña puerta.

Los tres miraron y vieron venir un carruaje de alquiler de forma primitiva, tirado por dos grandes caballos blancos, manejados por un cochero de blusa. Junto al cochero iba un criado con librea de la más severa y perfecta corrección. En el carruaje iban dos jóvenes que llevaban trajes iguales de viaje, muy elegantes, pero muy sencillos.

Cuando el carruaje se encontró ante la verja del jardín, el cochero detuvo los caballos y dirigiéndose al cura, dijo:

—Señor cura, estas señoras os buscan.—Luego, volviéndose a sus clientas:—Ahí tenéis al señor cura de Longueval.

El abate Constantín se aproximó y abrió la pequeña puerta. Las viajeras descendieron, deteniendo sus miradas, no sin cierto asombro, en el joven oficial que se encontraba allí algo confuso con su sombrero de paja en la mano derecha y en la izquierda la gran ensaladera rebosando de achicoria.

Las dos mujeres entraron al jardín, y la mayor (representaba veinticinco años), dirigiéndose al abate, le dijo con acento extranjero, algo extraño y muy original:

—Me veo obligada, señor cura, a presentarme a mí misma... Madama Scott, la que compró ayer el castillo, y la granja, y todo lo demás. ¿No os molesto, señor, y podréis acordarme durante cinco minutos vuestra atención?—Luego, designando a su compañera de viaje:—Miss Bettina Percival, mi hermana: lo habríais adivinado, creo. Nos parecemos mucho, ¿no es verdad? ¡Ah! Bettina, hemos olvidado en el carruaje nuestras carteras, y las necesitaremos.

—Voy a buscarlas.

Y como miss Percival se preparara a ir por ellas, Juan le dijo:

—Permitidme, señorita, que os las traiga.

—Siento, señor, molestaros... El sirviente os las entregará. Están en el asiento de adelante.

Miss Percival tenía el mismo acento de su hermana, los mismos grandes ojos negros, risueños y alegres, y los mismos cabellos, no rojos, sino rubios, con reflejos dorados en los que jugaba con delicadeza la luz del sol. Saludó a Juan con una graciosa sonrisa, y éste, después de entregar a Paulina la ensaladera de achicoria, se fue a buscar las dos carteras.

Entretanto, muy conmovido, muy turbado, el abate Constantín introducía en el presbiterio a la nueva castellana de Longueval.

III

En verdad, no era un palacio el presbiterio de Longueval. La misma pieza del piso bajo, servía de salón y comedor con puerta de comunicación para la cocina; esta pieza estaba adornada con los muebles más precisos: dos viejos sillones, seis sillas de paja, un aparador y una mesa redonda, sobre la cual Paulina había puesto ya los asientos del abate y de Juan.

Madama Scott y miss Percival iban y venían, examinando con infantil curiosidad la instalación del cura.

—El jardín, la casa, todo es precioso aquí—decía madama Scott.

Las dos entraron resueltamente a la cocina. El abate Constantín las seguía sofocado, azorado, estupefacto ante tan brusca y repentina invasión americana. La vieja Paulina miraba a las dos extranjeras con aire inquieto y sombrío.

—¡Estas son—pensaba,—las herejes, las excomulgadas!

Y con sus manos agitadas, temblorosas, continuaba preparando la ensalada.

—¡Os felicito, señorita—le dijo Bettina,—por el perfecto orden que reina en vuestra cocina! Mirad, Zuzie; ¿no era así el presbiterio que deseabais?

—Y el cura también—respondió madama Scott.—¡Ah! sí, señor cura, ¿queréis dejarme decíroslo? ¡Si supierais cuán feliz me considero por haberos encontrado tal cual sois! Esta mañana en el tren, ¿qué os decía, Bettina? ¿y hace un momento en el carruaje?

—Mi hermana me decía, señor cura, que deseaba, sobre todo, encontrar un cura que no fuera ya joven, ni triste, ni severo, un cura de cabellos blancos, y aire bondadoso y tranquilo.

—Y vos reunís todas esas condiciones, señor cura. No podíamos haber encontrado nada mejor. Escuchad, os ruego, mi modo de hablar. Las parisienses saben dar un buen giro a sus frases, presentándolas de una manera conveniente y complicada, pero yo no sé... y hablando francés me costaría mucho salir del paso si no dijera las cosas lisa y llanamente como se me ocurren. En fin, estoy contenta, en extremo contenta, señor cura, y espero que vos también quedaréis satisfecho de vuestras nuevas parroquianas.

—¡Mis parroquianas!—exclamó el cura, recobrando al fin la palabra, el movimiento, la vida, todas estas cosas que desde hacía algunos minutos lo habían abandonado completamente.—Mis parroquianas! Perdón, señora, señorita... ¡Estoy tan conmovido! ¿Seríais... sois, acaso, católicas?

—¡Sí, señor, somos católicas!

—¡Católicas, católicas!—repitió el cura.

—¡Católicas, católicas!—exclamó la vieja Paulina, apareciendo radiante, con los brazos levantados hacia el cielo, en el umbral de la cocina.

Madama Scott miraba al cura, miraba a Paulina, muy asombrada de haber producido tal efecto con una sola palabra, y para completar el cuadro, apareció Juan trayendo las dos bolsas de viaje. El cura y Paulina lo recibieron con la misma palabra.

—¡Católicas, católicas!

—¡Ah! comprendo al fin—dijo madama Scott riendo;—¡nuestro nombre y nuestra patria os hicieron creer que éramos protestantes! No lo somos, nuestra madre era del Canadá, de origen francés y católica; por eso mi hermana y yo hablamos francés, con acento extranjero y ciertos modismos americanos, pero en fin, decimos, más o menos lo que deseamos decir. Mi marido es protestante, pero me deja entera libertad, y mis dos hijos son católicos. Por esto hemos querido desde el primer día venir a saludaros, señor abate.

—Por eso y por otra cosa—continuó Bettina,—mas para la otra cosa necesitamos nuestras carteras.

—Aquí las tenéis, señorita—respondió Juan.

—Esta es la mía.

—Y esta otra la mía.

Mientras las carteras pasaban de las manos del oficial a las de madama Scott y Bettina, el cura presentaba a Juan a las dos americanas, pero estaba aún tan conmovido, que la presentación no fue hecha en toda regla. El cura no olvidó más que una cosa; pero algo muy esencial en una presentación: el apellido de Juan.

—Es Juan—dijo,—mi ahijado, subteniente del regimiento de artillería de guarnición en Souvigny; es de la casa.

Juan hizo dos grandes cortesías, las americanas dos pequeñas, y comenzaron a buscar en sus bolsas, sacando cada una un rollo de mil francos, bonitamente encerrados en dos bolsitas verdes de piel de serpiente con anillos de oro.

—Os traía esto para vuestros pobres, señor cura—dijo madama Scott.

—Y yo esto otro—agregó Bettina.

Con toda delicadeza deslizaron su ofrenda en la mano derecha e izquierda del anciano cura, y éste mirando alternativamente sus dos manos, pensaba:

—¿Qué serán estas dos cosas? son muy pesadas; debe haber oro aquí dentro... Sí, pero ¿cuánto, cuánto?

Sesenta y dos años contaba el abate Constantín, y mucho dinero había pasado por sus manos para no permanecer en ellas largo tiempo, es verdad; pero este dinero lo recibía por pequeñas cantidades y la sospecha de una ofrenda semejante no le cabía en la cabeza. ¡Dos mil francos! Jamás tuvo dos mil francos en su poder, ni mil siquiera.

No sabiendo, pues, cuánto le daban, el cura no sabía cómo agradecer; balbuceaba:

—Os doy muchísimas gracias, señora; sois demasiado buena, señorita.

En fin, como no agradeciera lo bastante, Juan creyó deber intervenir.

—Mi padrino, estas señoras acaban de daros dos mil francos.

Entonces, presa de una gran emoción y agradecimiento, el cura exclamó:

—¡Dos mil francos, dos mil francos para mis pobres!

Paulina hizo bruscamente una nueva aparición.

—¡Dos mil francos, dos mil francos!

—Así parece... así parece... tomad, Paulina, guardad este dinero, y tened mucho cuidado con él...

Muchas cosas era en la casa la vieja Paulina: sirvienta, cocinera, boticaria, tesorera. Sus manos recibieron, con respetuoso temor los dos paquetitos de oro que representaban tantas miserias aliviadas, tantos dolores disminuidos.

—No es eso todo, señor cura—dijo madama Scott,—os daré quinientos francos todos los meses.

—Y yo haré como mi hermana.

—¡Mil francos por mes! pero entonces ya no habrá pobres en la comarca.

—Es lo que deseamos. Soy rica, muy rica, y mi hermana también. Ella es más rica que yo, porque a una joven le cuesta más gastar mucho... ¡mientras que yo! ¡ah, yo! ¡todo lo que puedo, gasto todo lo que puedo! Cuando se tiene mucho dinero, demasiado dinero, más de lo que es justo, decid, señor cura, ¿para hacérselo perdonar, hay otro medio que tener la mano siempre abierta y dar, dar, dar lo más y mejor posible? Además, vos también vais a darme algo.

Y dirigiéndose a Paulina agregó:

—¿Queréis tener la bondad de darme un vaso de agua fresca, señorita? No, nada más... un vaso de agua fresca, porque me muero de sed.

—Y yo—dijo riendo Bettina, mientras Paulina corría en busca del vaso de agua,—yo me muero de otra cosa, me muero de hambre. Señor cura, voy a decir algo horriblemente indiscreto... Pero veo la mesa puesta y... ¿No podríais invitarnos a comer?

—¡Bettina!—dijo madama Scott.

—Dejadme, Zuzie, dejadme en paz... ¿No es verdad que queréis, señor cura?

Pero el anciano cura no encontraba nada que responder. No sabía lo que le pasaba. ¡Ellas tomaban por asalto el presbiterio, eran católicas! ¡Le traían dos mil francos; le ofrecían mil francos mensuales! y querían comer con él; ¡ah! ¡esto era el colmo! el terror lo paralizaba al pensar que tendría que hacer los honores de la pata de carnero y la crema a esas dos americanas locamente ricas que debían alimentarse de cosas extraordinarias, fantásticas, inusitadas, y sólo murmuraba:

—¡A comer... a comer! ¿queríais quedaros a comer aquí?

Juan intervino una vez más.

—Mi padrino se consideraría demasiado feliz, si quisierais quedaros; pero comprendo lo que le inquieta... Debíamos comer los dos solos; no esperéis, pues, un festín, señoras. En fin, seréis indulgentes.

—Sí, sí—respondió Bettina,—muy indulgentes.

Luego, dirigiéndose a su hermana:

—Vamos, Zuzie, no me pongáis mala cara porque he sido un poco... sabéis que acostumbro a ser un poco... Quedémonos, ¿queréis? Descansaremos pasando aquí una hora tranquilamente. Hemos hecho una jornada horrible, en el tren, en el carruaje, en medio del polvo, ¡y con un calor! ¡Nos sirvieron un almuerzo tan espantoso esta mañana en el hotel! y debíamos volver a comer allá a las siete, en el mismo hotel, para tomar en seguida el tren de París... Pero comer aquí será mucho mejor. Ya no decís que no. ¡Ah! ¡cuán buena sois, mi Zuzie!

Besó a su hermana con mucha zalamería, y volviéndose al cura, dijo:

—Si supierais, señor cura, cuán buena es.

—¡Bettina, Bettina!

—Vamos, Paulina—dijo Juan,—pronto, dos asientos más; yo te ayudaré.

—Y yo también—exclamó Bettina,—yo también quiero ayudaros. ¡Oh! ¡esto me divertirá tanto! Pero, señor cura, permitidme hacer de cuenta que estoy en casa.

Con prontitud se quitó su abrigo, y Juan pudo admirar, en su exquisita perfección, un cuerpo maravillosamente flexible y gracioso.

Miss Percival, quitose en seguida el sombrero, pero con demasiada rapidez; pues fue la señal de un precioso desorden. Toda una avalancha de cabellos se escapó y esparció en torrentes, en largas cascadas sobre los hombros de Bettina, que se encontraba ante una ventana por donde penetraban los rayos del sol... y aquella luz radiante que daba de lleno sobre su cabellera de oro, ponía en un cuadro delicioso la espléndida belleza de la joven. Confusa y ruborizada, Bettina llamó en su ayuda a su hermana, que tuvo gran trabajo para volver a poner las cosas en orden.

Cuando quedó así reparada la catástrofe nadie pudo impedir a Bettina que se precipitara sobre los platos, cuchillos y tenedores.

—Pero, señor—le decía a Juan,—yo sé muy bien poner la mesa. Preguntadle a mi hermana... ¿Decid, Zuzie, cuando yo era chica en New-York, no ponía bien la mesa?

—Sí, muy bien—respondió madama Scott.

Y ella también, rogando al cura excusara la indiscreción de Bettina, quitose el sombrero y el abrigo; y Juan gozó una vez más del muy agradable espectáculo de un cuerpo precioso y admirables cabellos. Pero el desorden, y Juan lo sintió, no tuvo segunda edición.

Algunos minutos después, madama Scott, miss Percival, el cura y el oficial, tomaban asiento alrededor de la mesa del presbiterio; luego, con mucha rapidez, gracias a la sorpresa y originalidad del encuentro, gracias, sobre todo, al buen humor y alegría algo audaz de Bettina, la conversación tomaba el giro de la más franca y cordial familiaridad.

—Vais a ver, señor cura—dijo Bettina,—vais a ver cómo no he mentido, si no me moría realmente de hambre. Os prevengo que voy a devorar. Nunca me he sentado a la mesa con tanto gusto. ¡Esta comida terminará también la jornada! Estamos tan contentas mi hermana y yo, de ser dueñas del castillo, la granja, los bosques...

—Y yo de poseer todo eso de una manera tan extraordinaria como imprevista. ¡No nos lo imaginábamos!

—Ni lo soñábamos, Zuzie... Sabéis, señor cura, que ayer fue el cumpleaños de mi hermana... Pero primero, perdonad, señor... señor Juan, ¿no es así?

—Sí, señorita, así es.

—¡Pues bien, señor Juan, servidme un poco más de esta excelente sopa, os lo ruego!

El abate Constantín comenzaba a volver en sí, a tranquilizarse; pero, sin embargo, estaba aún demasiado conmovido para cumplir correctamente con sus deberes de dueño de casa; por eso Juan tomaba la dirección de la modesta comida de su padrino. Llenó hasta los bordes el plato de la preciosa americana, que fijaba resueltamente en él la mirada de dos grandes ojos en los que brillaba la franqueza, la osadía y el contento.

Los ojos de Juan pagaban a miss Percival en la misma moneda. No hacía tres cuartos de hora que en el jardín del cura la joven americana y el joven oficial, se habían dirigido la palabra por primera vez, y los dos se sentían alegres, tenían plena confianza mutua, casi como camaradas.

—Os decía, señor cura—continuó Bettina,—que ayer fue el santo de mi hermana, su cumpleaños. Mi cuñado partió forzosamente para América hará unos ocho días, y al partir dijo a mi hermana: «No estaré aquí para vuestro día, mas recibiréis noticias mías.»

Ayer, pues, recibimos regalos y ramos de todas partes; pero de mi cuñado, hasta las cinco, nada... nada. Salimos a dar una vuelta a caballo por el bosque... y a propósito de caballo...

Bettina se inclinó a un lado y miró con curiosidad las grandes botas de Juan, cubiertas de polvo.

—Pero, señor, ¿usáis espuelas?

—Sí, señorita.

—¿Estáis en la caballería?

—Estoy en la artillería, señorita, y la artillería es la caballería.

—¿Y vuestro regimiento está de guarnición?...

—Muy cerca de aquí.

—¿Entonces saldréis a caballo con nosotras?

—Convenido. ¿Veamos ahora en qué estaba?

—No sabéis lo que decís, Bettina, y contáis a estos señores cosas que no pueden interesarles.

—¡Oh! dispensad, señora—dijo el cura.—En toda la comarca no se trata por el momento más que de la venta de este castillo, y la narración de la señorita nos interesa mucho.

—Ves, Zuzie, mi historia interesa mucho al señor cura. Continúo, pues. Salimos a caballo, volvimos a las siete, nada. Comimos, y en el momento que nos levantábamos de la mesa, llega un telegrama de América, dos líneas solamente: «He hecho comprar para vos, hoy el castillo de Longueval y sus dependencias, cerca de Souvigny, sobre la línea del Norte.» Entonces las dos fuimos presas de una risa loca al pensar...

—No, no, Bettina, eso no es exacto. Nos calumniáis a las dos. Primero sentimos un movimiento de emoción y agradecimiento muy sincero. Nos gusta mucho el campo a mi hermana y a mí, y mi marido, que es excelente, sabía que deseábamos con ardor poseer algunas tierras en Francia, y desde hacía seis meses buscaba, sin encontrar, hasta que por último, sin decírnoslo, descubrió este castillo que se vendía precisamente el día de mi santo. Era una delicada atención de su parte.

—Sí, Zuzie, tenéis razón; pero después del acceso de emoción, hubo uno grande de alegría.

—Eso sí, lo reconozco. Cuando pensamos que bruscamente las dos éramos dueñas, pues lo que es de la una es de la otra, propietarias de un castillo, sin saber dónde se encontraba, cómo era, ni cuánto había costado; se asemejaba tanto a un cuento de hadas, que...

—En fin, durante unos cinco minutos reímos de todo corazón. Luego nos arrojamos sobre un mapa de Francia, y no sin trabajo conseguimos descubrir a Souvigny. Después del atlas tomamos una guía de ferrocarriles, y esta mañana, por el tren de las diez, desembarcamos en Souvigny.

—Todo el día lo empleamos en visitar el castillo, las caballerizas, los jardines. No hemos visto todo porque es inmenso; pero estamos encantadas de lo que hemos visto. No obstante, señor cura, hay algo que me intriga. Sé que la propiedad ha sido vendida públicamente: he visto por todo el camino los grandes avisos... Mas no me he atrevido a preguntar a las personas que me han acompañado hoy en mi paseo, pues mi ignorancia habría parecido extraordinaria, cuánto ha costado todo esto. Mi marido se olvidó de decírmelo en su telegrama. Desde que estoy encantada con la adquisición, esto no constituye más que un detalle, pero que no me disgustaría saber... Decid, señor cura, si lo sabéis, decidme el precio.

—Un precio enorme—respondió el cura,—pues se agitaban muchas esperanzas y ambiciones en torno de Longueval.

—¡Un precio enorme! me asustáis... ¿Cuánto, exactamente?

—¡Tres millones!

—¡Nada más!—exclamó madama Scott;—¿el castillo, las granjas, el bosque, todo por tres millones?

—Pero es tirado—dijo Bettina.—Sólo el precioso río que pasea por el parque, vale los tres millones.

—¿Y decíais, señor cura, que muchas personas nos disputaban las tierras y el castillo?

—Sí, señora.

—¿Y ante esas personas, después de la venta, se pronunció mi nombre?

—Sí, señora.

—¿Cuando lo pronunciaron, hubo alguien que me conociera, que hablara de mí?... sí... sí... Vuestro silencio me responde; hablaron de mí. Pues bien, señor cura, ahora que estoy seria, muy seria, os ruego, por favor, me repitáis lo que dijeron de mí.

—Pero, señora—respondió el pobre cura, que estaba sobre ascuas,—hablaron de vuestra inmensa fortuna...

—Sí, debieron hablar de eso; sin duda, dirían que era muy rica, de poco tiempo a esta parte... una parvenue, ¿no es así? Está bien, pero no es todo, debieron decir otras cosas.

—No, no he oído nada...

—¡Oh! señor cura, estáis cometiendo, por culpa mía, una mentira caritativa, como vos diríais... y os hago desgraciado, pues debéis ser la sinceridad en persona. Mas si os atormento así, es porque tengo grande interés en saber lo que se ha dicho, lo que...

—¡Por Dios! señora—interrumpió Juan,—tenéis razón, han dicho otra cosa, y mi padrino no sabe cómo repetírosla; pero ya que lo exigís, dijeron que erais una de las más elegantes, de las más brillantes y de las más...

—¿Y de las más lindas mujeres de París? Con alguna indulgencia han podido decirlo. Pero aun no es todo. Hay algo más...

—¡Ah! ¿sí?

—Sí, hay algo más, y yo quisiera tener con vosotros, una explicación bien clara y bien franca. No sé por qué me parece que he tenido buena estrella hoy; creo que ya sois en cierto modo mis amigos, y que un día lo seréis verdaderamente. Pues bien, decidme, si corren sobre mi persona historias absurdas y falsas, ¿no tendré razón de pensar que me ayudaréis a desmentirlas?

—Sí, señora—respondió Juan con extrema vivacidad,—hacéis bien en pensarlo.

—Pues a vos me dirijo, señor. Sois soldado, debéis tener valor; prometedme ser valiente; ¿me lo prometéis?

—¿Qué entendéis, señora, por ser valiente?

—Prometed, prometed, sin explicaciones, sin condiciones.

—Está bien; lo prometo...

—¿Vais a responder francamente, por sí o por no, a las preguntas que os dirija?

—Responderé.

—¿Os han dicho que yo mendigaba en las calles de New-York?

—Sí, señora, me lo han dicho.

—¿Y que había sido amazona de un circo ambulante?

—Me lo han dicho, señora.

—¡Sea enhorabuena! Esto se llama hablar. ¡Pues bien! notad primero, que en todo eso no habría nada deshonroso... Pero si no es cierto, ¿no tengo derecho para desmentirlo? Y os aseguro que no es cierto. Mi historia, os la referiré en pocas palabras, y si os la cuento así desde el primer día, es para que tengáis la bondad de repetirla a todos los que os hablen de mí... Pasaré una parte de mi vida en esta aldea, y deseo que sepan de dónde vengo y quién soy. Principio, pues. Pobre, sí, lo he sido, y muy pobre; hará de esto ocho años... Acababa de morir mi padre, siguiendo de muy cerca a mi madre. Yo contaba dieciocho años y Bettina nueve; quedábamos solas en el mundo, con fuertes deudas y un gran pleito. Las últimas palabras de mi padre fueron estas: «Zuzie, no hagas ninguna transacción en el pleito, nunca, nunca, nunca, y tendréis millones, hijas mías, ¡millones!» y nos besó a las dos, a Bettina y a mí... Lo acometió el delirio, y murió repitiendo: «¡Millones!» Al día siguiente, se presentó un procurador, ofreciéndome pagar todas las deudas y darme además diez mil dollars, si yo le transfería mis derechos al pleito. Se trataba de la posesión de una gran extensión de tierras en el Colorado. Rehusé. Entonces fue cuando, durante algunos meses, estuvimos muy pobres.

—Y entonces era cuando yo ponía la mesa—dijo Bettina.

—Pasaba mi vida en casa de los Solicitors de New-York. Pero nadie quería hacerse cargo de mis intereses. En todas partes recibía la misma respuesta: «Vuestra causa es muy dudosa, tenéis adversarios ricos y temibles, se necesita dinero, mucho dinero, para llevar a cabo el pleito, y ya no os queda nada. Os ofrecen pagaros las deudas y diez mil dollars, aceptad, vended el pleito.»

Pero yo conservaba siempre en el oído las últimas palabras de mi padre, y no aceptaba... Sin embargo, la miseria iba a obligarme, cuando un día fui a ver a uno de los amigos de mi padre, un banquero de New-York, M. William Scott, que no me recibió solo; junto a su escritorio estaba sentado un joven: «¡Podéis hablar, me dijo, es mi hijo Richard Scott!» Miro al joven, él me mira y nos reconocemos... «¡Zuzie!—¡Richard!» y nos tendemos la mano. El tenía veintitrés años y yo dieciocho, y muchas veces, cuando niños, habíamos jugado juntos, siendo entonces muy buenos amigos. Después, siete u ocho años antes de esto, él fue a terminar su educación en Francia e Inglaterra. Su padre me hizo sentar, preguntándome qué deseaba, y se lo dije. Me escuchó y respondió: «Necesitaríais veinte a treinta mil dollars, y nadie os prestará esa suma sobre las inciertas probabilidades de un pleito muy complicado; ¡sería una locura! Si sois desgraciada, si necesitáis algún socorro...—No es eso lo que pide miss Percival, padre mío, dijo con viveza Richard.—Bien lo sé, pero lo que pretende es imposible...» Y se levantó para acompañarme... Entonces tuve un acceso de debilidad, el primero desde que era huérfana; hasta ese día había sido fuerte, pero sentía agotado mi valor. Sufrí un ataque de nervios y de lágrimas. Me repuse, al fin, y partí. Una hora después, Richard Scott estaba en mi casa. «Zuzie, me dijo, prometedme aceptar lo que voy a ofreceros, prometédmelo.» Yo le prometí. «Pues bien, con la sola condición de que mi padre no sepa nada, pongo a vuestra disposición la suma que necesitáis.—¡Pero vos no conocéis el pleito, y es preciso que sepáis lo que es, lo que vale!—No lo conozco absolutamente, ni quiero conocerlo. ¿Qué mérito tendría mi proceder si tuviera la seguridad de cobrar mi dinero? Además, os habéis comprometido a aceptar, y no podéis rehusar.» Se me ofrecía con tanta sencillez, con tanta franqueza, que acepté. Tres meses después ganamos el pleito, y por los terrenos que, ya sin apelación posible, eran propiedad de las dos, nos ofrecían cinco millones. Fui a consultar a Richard. «Rehusad, y esperad; si os ofrecen esa suma, es porque los terrenos valen el doble.—Pero es preciso que os devuelva vuestro dinero, os debo mucho, mucho dinero.—¡Oh! por eso no, más tarde, no tengo apuro, ahora estoy muy tranquilo! mi crédito no corre ningún peligro.—Pero quisiera pagaros ahora mismo; ¡odio las deudas!... Existe un medio, quizá, sin vender los terrenos... Richard, ¿queréis ser mi marido?» Sí, señor cura—dijo madama Scott, riendo,—fui yo quien salí al encuentro de mi marido: yo quien le pidió su mano; esto lo podéis decir a todo el mundo, porque es la verdad. Por otra parte, me veía obligada a hacerlo así, pues nunca, ¡oh! estoy tan segura, nunca habría hablado él primero. Yo era demasiado rica, y como él me amaba a mí y no a mi dinero, mi dinero le causaba horror. Tal es la historia de mi casamiento.

En cuanto a la historia de mi fortuna, os la diré en pocas palabras. Existían realmente millones en esos terrenos del Colorado, pues se descubrieron abundantes minas de plata, de las que sacamos todos los años una renta asombrosa. Pero estamos de acuerdo, mi marido, mi hermana y yo, en separar de estas rentas una gran parte para los pobres. Ya lo veis, señor cura... porque nosotras también hemos conocido días crueles, porque Bettina recuerda haber puesto la mesa en nuestro pequeño comedor de un quinto piso en New-York, nos encontraréis siempre prontas a socorrer a los que están, como estuvimos nosotras, en presencia de las dificultades y los dolores de la vida... Y ahora, señor Juan, ¿queréis perdonarme mi largo discurso y ofrecerme un poco de esa crema que parece excelente?

Mientras Juan se apresuraba a servir a madama, Scott, ésta continuó:

—No lo he dicho todo aún. Es preciso que sepáis de dónde nacen estas historias extravagantes. Cuando vinimos a establecernos en París, hace un año, creímos deber dar desde nuestra llegada, cierta suma para los pobres. ¿Quién habló de ésto? No fuimos nosotras, seguramente; pero la historia salió en un diario con la cifra, y en el acto dos jóvenes reporters acudieron a hacer sufrir un interrogatorio sobre su pasado a M. Scott, pues querían escribir sobre nosotros una crónica en sus diarios. M. Scott es a veces algo vivo, y ese día lo fue bastante, despidiendo bruscamente a esos señores sin decirles nada. Entonces, no sabiendo nuestra verdadera historia, inventaron una a su antojo. El primero contó que yo había mendigado en las calles de New-York, y el segundo, al día siguiente, para publicar algo que causara más sensación, me hizo atravesar circunferencias de papel en un circo de Filadelfia. Tenéis en Francia unos diarios muy originales; verdad es que en América no lo son menos.

Cinco minutos harían que Paulina dirigía al cura señas desesperadas; que éste se obstinaba en no comprender, tanto, que la pobre mujer, reuniendo todo su valor, dijo al fin:

—Señor cura, son las siete y cuarto.

—¡Las siete y cuarto! ¡Oh! señoras, dispensadme, pero esta tarde tengo que rezar el oficio del mes de María.

—¿El mes de María va a principiar en seguida?

—Sí, en seguida.

—¿Y a qué hora exacta parte el tren de París?

—A las nueve y media—respondió Juan,—y emplearéis quince a veinte minutos, para llegar a la estación, en carruaje.

—Entonces, Zuzie, podemos ir a la iglesia.

—Vamos—respondió madama Scott,—pero antes de separarnos, señor cura, tengo que pediros un servicio. Quiero que vayáis a comer con nosotras, la primera vez que vengamos a Longueval, y vos también, señor... los cuatro solos, como hoy. ¡Oh! no rehuséis, tengo tanto gusto en invitaros.

—Y nosotros más en aceptar, señora—respondió Juan.

—Os escribiré anunciándoos el día. Vendré lo más pronto posible, para que estrenemos juntos el castillo.

Entretanto, Paulina, en un rincón de la pieza hablaba con mucha animación y misterio con miss Percival. Su conversación terminó con estas palabras:

—¿Vos estaréis allí?—decía Bettina.

—Sí, estaré.

—¿Y me diréis en qué momento?

—Os lo diré, pero cuidado... ahí viene el señor cura, y es preciso que ni sospeche...

Las dos hermanas, el cura y Juan salieron de la casa, y tuvieron que atravesar el cementerio para ir a la iglesia. La tarde era deliciosa. Lenta y silenciosamente los cuatro, bajo los rayos del sol poniente, caminaban por la avenida.

En el camino se encontraba el monumento del doctor Reynaud, muy sencillo, pero, sin embargo, por sus proporciones se distinguía de las demás tumbas. Madama Scott y Bettina se detuvieron al ver esta inscripción grabada sobre la piedra:

Aquí yace el doctor Marcelo Reynaud, cirujano mayor de los movilizados de Souvigny, muerto el 8 de enero de 1871, en la batalla de Villersexel. Rogad por él.

Cuando concluyeron de leer, el cura designando a Juan, les dijo:

—¡Era su padre!

Entonces las dos mujeres se aproximaron a la tumba y con la cabeza inclinada, permanecieron allí durante algunos instantes pensativas, conmovidas, recogidas. Luego, volviéndose las dos al mismo tiempo, con el mismo movimiento tendieron la mano al joven oficial, y continuaron su marcha hacia la iglesia. El padre de Juan había obtenido su primera plegaria en Longueval.

El cura se fue a poner su sobrepelliz y su estola.

Juan condujo a madama Scott al banco reservado, desde siglos atrás, a las dueñas de Longueval. Paulina tomó la delantera y esperó a Bettina a la sombra de un pilar de la iglesia, para hacerla subir por una escalera estrecha y empinada, e instalarla ante el armonium.

Precedido de los monaguillos, el viejo cura salió de la sacristía, y en el instante en que se arrodillaba sobre las gradas del altar:

—Ahora es el momento, señorita—dijo Paulina, cuyo corazón latía de impaciencia.—¡Pobre viejo, qué contento se va a poner!

Cuando oyó el canto del órgano que se elevaba suavemente, como un murmullo esparciéndose por toda la iglesia, el abate Constantín se sintió tan conmovido, tan contento, que los ojos se le llenaron de lágrimas. No recordaba haber llorado desde el día que Juan le dijo que quería repartir su patrimonio con la madre y la hermana de los que cayeron al lado de su padre bajo las balas alemanas.

Para hacer brotar lágrimas aún de los ojos del anciano sacerdote, fue preciso que una joven americana cruzara los mares y viniera a ejecutar una rêverie de Chopín, en la iglesia de Longueval.

Al día siguiente, a las cinco y media de la mañana, tocaban botasilla en el patio del cuartel. Juan montaba a caballo y tomaba el mando de su batería. A fines del mes de mayo todos los reclutas del regimiento están instruidos, y son capaces de formar parte de las evoluciones en conjunto, y casi todos los días se ejecutan en el polígono maniobras de baterías organizadas.

Juan tenía mucha afición por su carrera y acostumbraba a vigilar cuidadosamente los tiros y guarniciones de las piezas, el equipo y apostura de sus hombres; pero esa mañana prestó poca atención a los pequeños detalles del servicio.

Un problema lo agitaba, lo atormentaba, lo dejaba indeciso, y este problema era de aquellos cuya solución no se aprende en la escuela politécnica. Juan no encontraba respuesta categórica a esta pregunta:

—¿Cuál de las dos es más linda?

En el polígono, durante la primera parte de la maniobra, cada batería trabajaba por su cuenta, bajo las órdenes del capitán, que muchas veces cede su puesto a uno de los tenientes, para habituarlos a la dirección de las seis piezas. Aquel día precisamente, desde el principio de la maniobra, se le confió el mando a Juan: mas con gran sorpresa del capitán, que tenía a su teniente por un oficial muy instruido, muy capaz y muy hábil, las cosas salieron todas al revés. Juan indicó dos o tres movimientos falsos; no supo mantener ni rectificar las distancias; las piezas se encontraron varias veces en contacto, hasta que el capitán tuvo que intervenir, dirigiendo a Juan una pequeña reprimenda terminada por estas palabras:

—No lo comprendo. ¿Qué tenéis hoy? Es la primera vez que esto os sucede.

También era la primera vez que Juan, en el polígono de Souvigny, veía otra cosa que cañones y trenes, tiros y conductores. En las oleadas de polvo levantadas por las ruedas y las patas de los caballos, Juan veía, no la segunda batería montada del 9.º de artillería, sino la imagen distinta de las dos americanas de ojos negros y cabellos de oro. Y en el momento en que recibía el merecido sermón de su capitán, Juan se decía:

—¡La más linda es madama Scott!

La maniobra se divide todas las mañanas en dos partes, con intervalo de diez minutos, durante los cuales los oficiales se reúnen a conversar. Juan se mantuvo separado, solo, con los recuerdos de la víspera. Su pensamiento lo atraía con obstinación hacia el presbiterio de Longueval... Sí, la más linda de las dos era madama Scott. Miss Percival era una criatura. Volvía a ver a madama Scott en la mesa del cura; oía aquella historia contada con tanta franqueza, tanta naturalidad, y la armonía algo extraña de su voz particular y penetrante encantaba aún su oído. Volvía a encontrarse en la iglesia, y ella estaba allí, ante él, inclinada sobre su reclinatorio con su linda cabeza encerrada en sus dos pequeñas manos. Luego principiaba a sonar el órgano, y allá en la sombra, a lo lejos, vagamente, Juan divisaba la elegante y fina silueta de Bettina.

¡Una niña, no era más que una niña! Las trompetas llamaron y comenzó de nuevo la maniobra. Felizmente, esta vez ya no tenía el mando ni la responsabilidad. Las cuatro baterías ejecutaban evoluciones de conjunto. Veíase girar en todos sentidos a aquella enorme masa de hombres, caballos, cañones, ora desplegada en una sola línea de batalla, ora reunida en un grupo compacto, todo se detenía al mismo tiempo, de un solo golpe, sobre toda la extensión del polígono. Los conductores saltaban de sus caballos, corrían a la pieza, la desprendían del tren delantero que se alejaba al trote, y la disponían a hacer fuego con sorprendente rapidez. Luego volvían los tiros, los conductores enganchaban las piezas, montaban con presteza y el regimiento se lanzaba a gran trote a través de los campos de maniobras.

Poco a poco, Bettina recobraba la ventaja sobre madama Scott, en el pensamiento de Juan. Aparecíasele risueña y ruborosa, en medio de las olas de oro de sus cabellos sueltos. Señor Juan... ella lo había llamado señor Juan... y nunca su nombre le pareció tan lindo. ¡Y los últimos apretones de manos al partir, antes de subir al carruaje!... Miss Percival había estrechado más que madama Scott, un poco más, seguramente. Habíase quitado los guantes para tocar el órgano, y Juan sentía aún el contacto de aquella pequeña mano desnuda que vino a posarse fresca y suave en su gran manaza de artillero.

—Me engañaba hace un momentose decía Juan,—la más linda es miss Percival.

La maniobra había terminado. Las baterías se colocaron una detrás de otra con cortos intervalos, perfectamente alineadas las piezas, y el desfile tuvo lugar al gran trote con un ruido atronador y en medio de un huracán de polvo. Cuando Juan, sable en mano, pasó ante el coronel, las dos imágenes de las dos hermanas, se reunían, se confundían tan bien en sus recuerdos, que entraban y desaparecían, por decirlo así, una en la otra, formando una sola y misma persona. Todo paralelo se hacía imposible, gracias a esta singular confusión de los dos términos de comparación.

Madama Scott y miss Percival permanecieron así inseparables en el pensamiento de Juan hasta el día en que le fue dado el placer de volverlas a ver. La impresión de este brusco encuentro no se borró; persistió muy viva y muy dulce, hasta el punto de sentirse Juan agitado e inquieto.

—¿Habré cometido—pensaba,—el desatino de enamorarme locamente a primera vista? Pero no, uno se enamora de una mujer, y no de dos mujeres a la vez.

Esta reflexión lo tranquilizaba. Muy joven era este muchachón de veinticuatro años. Nunca el amor había penetrado plena, franca y abiertamente en su corazón. Sólo conocía el amor por las novelas ¡y había leído tan pocas! No era, sin embargo, un ángel; encontraba bonitas y graciosas a las muchachas de Souvigny, y cuando le permitían que les dijera frases amables, las decía con gusto, pero en cuanto a tomar por amor fantasías pasajeras, que no dejaban en su corazón la más leve o superficial agitación, nunca lo había pensado.

Pablo de Lavardens poseía maravillosas facultades de entusiasmo e idealización. Su corazón alojaba siempre tres o cuatro grandes pasiones que vivían allí fraternalmente y en buena armonía. Tenía el talento de encontrar siempre, en esa aldea de quince mil almas, una cantidad de lindas jóvenes, nacidas para ser adoradas. Perpetuamente creía descubrir la América cuando no hacía más que volverla a encontrar.

Juan apenas había entrevisto el mundo. Se había dejado llevar por Pablo, una docena de veces quizá, a veladas y bailes en los castillos vecinos, de donde traía siempre una impresión de malestar y fastidio. Y de ahí dedujo que esos placeres no se hicieron para él.

Sus gustos eran serios y sencillos; amaba la soledad, el trabajo, los largos paseos, los grandes espacios, los caballos y los libros. Adoraba su aldea y todos los viejos testigos de su infancia que le hablaban de otros tiempos. Una cuadrilla en un salón le causaba invencible terror; mas todos los años, para la fiesta de Longueval, bailaba de buen grado con las aldeanas de la comarca.

Si hubiera visto a madama Scott y miss Percival en su casa de París, en medio de todos los esplendores del lujo, en todo el brillo de su elegancia, las habría mirado de lejos, con curiosidad, como preciosos objetos de arte; luego habría vuelto a su casa y dormido, como de costumbre, lo más tranquila y apaciblemente del mundo.

Sí; mas no había sucedido así, y de ahí nacía su asombro, su turbación. Aquellas dos mujeres se le presentaron, por la más grande casualidad, en un medio que le era familiar y por lo mismo les fue singularmente favorable. Sencillas, buenas, francas, cordiales, tales se le mostraron desde el primer día. Y para colmo, deliciosamente bellas, lo que nunca está demás. Juan se sintió en el acto bajo la influencia del encanto, y todavía lo estaba.

En momentos que él bajaba del caballo a las nueve de la mañana, en el patio del cuartel, el abate Constantín se ponía alegremente en campaña. La cabeza del buen anciano ardía desde la víspera; Juan no había dormido mucho, pero el pobre cura no había dormido nada.

Muy temprano se levantó, y a puerta cerrada, solo con Paulina, contó y recontó su dinero, extendiendo sobre la mesa sus cien luises, y gozando como un avaro en hacerlos sonar. ¡Suyo, todo aquello era suyo! es decir, de los pobres.

—No os apuréis tanto, señor cura—decía Paulina;—sed económico; creo que distribuyendo hoy unos cien francos...

—No es bastante, Paulina, no es bastante. No tendré otro día como éste en mi vida, pero lo habré tenido. ¿Sabéis cuánto daré hoy, Paulina?

—¿Cuánto, señor cura?

—¡Mil francos!

—¡Mil francos!

Sí, ahora somos millonarios; poseemos todos los tesoros de la América, ¿y me pondría a hacer economías? Hoy no, no tengo derecho a ello.

Dicha la misa, a las nueve, salió y hubo una verdadera lluvia de oro a su paso.

Todos tuvieron su parte, los pobres que confesaban su miseria y los que la ocultaban, yendo cada limosna acompañada del mismo pequeño discurso.

—Esto proviene de los nuevos dueños de Longueval: dos americanas, madama Scott y miss Percival. Retened bien sus nombres y rogad por ellas esta noche.

Luego, se escapaba, sin esperar las gracias; a través de los campos, a través de los bosques, de casa en casa, de cabaña en cabaña, andaba, andaba, andaba... Una especie de embriaguez le subía al cerebro. Por todos lados en su camino oía gritos de alegría y asombro. Todos aquellos luises de oro caían como por encanto, en aquellas pobres manos habituadas a recibir pequeñas monedas de plata. El cura hizo locuras, verdaderas locuras; se había lanzado, y no podía contenerse. Daba hasta a aquellos que no pedían nada.

Encontró a Claudio Rigal, antiguo sargento que dejó un brazo en Sebastopol, algo agobiado ya y con la cabeza gris, pues el tiempo pasa, y los soldados de Crimea pronto serán ancianos, y le dijo:

—Tomad, ahí tenéis veinte francos.

—¡Veinte francos! pero yo no pido nada, no necesito nada. Tengo mi pensión.

¡Su pensión!... ¡setecientos francos al año!

—Pues bien—respondió el cura,—será para cigarros, pero escuchad bien: esto viene de América...

Y comenzaba de nuevo el panegírico de los dueños de Longueval.

Entró en casa de una buena mujer, cuyo hijo había partido el mes anterior para Túnez.

—Y bien, ¿cómo está vuestro hijo?

—Bueno, señor cura, ayer recibí una carta suya. Está bueno, no se queja, sólo dice que no hay Kroumirs allá... ¡Pobre muchacho! yo he hecho algunas economías este mes, y podré enviarle diez francos.

—Le enviaréis treinta... Tomad...

—¡Veinte francos! ¡señor cura, me dais veinte francos!

—Sí, os los doy...

—¿Para mi hijo?

—Para vuestro hijo... Pero oídme bien, es preciso que sepáis de dónde viene esto, y acordaos de decírselo a vuestro hijo cuando le escribáis.

El cura, por la vigésima vez, repitió su discurso sobre madama Scott y miss Percival. A las seis volvió a su casa, muerto de fatiga, pero con la alegría en el corazón.

—¡Lo he dado todo!—exclamó, apenas divisó a Paulina,—¡todo, todo!

Comió y se fue al mes de María; mas en el momento en que subía al altar, el armonium permaneció mudo. Miss Percival no se hallaba ya allí.

La joven organista de la víspera estaba en aquel momento muy perpleja. Sobre los dos divanes de su cuarto de vestir, se ostentaban dos preciosos trajes, uno blanco, y azul el otro. Bettina se preguntaba cuál de los dos se pondría para ir esa noche a la Opera. Encontraba deliciosos los dos; pero tenía que elegir, no podía ponerse más que uno. Después de largas vacilaciones se decidió por el blanco.

A las nueve y media las dos hermanas subían la gran escalera de la Opera. Cuando entraron a su palco, el telón se levantaba sobre el segundo cuadro del segundo acto de Aida, el acto del baile y de la marcha.

Dos jóvenes, Rogerio de Puymartin y Luis de Martillet, se hallaban sentados en primera fila en un palco bajo. Las señoritas del cuerpo de baile no estaban aún en la escena, y estos señores desocupados se entretenían en mirar la sala. La aparición de miss Percival causó a los dos una impresión muy viva.

—¡Ah, ah!—dijo Puymartin,—ahí está el pequeño lingote de oro.

Los dos dirigieron sus anteojos sobre Bettina.

—Está deslumbrador esta noche, el lingote de oro—continuó Martillet.—Mira, pues, la línea del cuello... los hombros... tan joven y ya tan mujer.

—Sí, está preciosa, y alegre también, mira...

—¡Quince millones, según parece, quince millones de ella sola, y la mina de plata que continúan explotando!

—Berulle me dijo veinticinco millones... y Berulle está muy al corriente de las cosas de América.

—¡Veinticinco millones! ¡Un buen bocado para Romanelli!

—¡Cómo! ¿Romanelli?

—Se corre que se casa con ella, que ya está decidido el matrimonio.

—Matrimonio decidido, sea; pero con Montessan, no con Romanelli... ¡Ah, al fin principia el baile!

Cesaron de hablar. El baile de Aida no dura más que cinco minutos y ellos sólo iban al teatro por esos cinco minutos; de manera que les importaba gozarlos religiosa y respetuosamente; pues existe esta particularidad en ciertos abonados a la Opera, que charlan como loros cuando deberían callar y escuchar, y por el contrario observan un admirable silencio cuando les sería permitido conversar mirando.

Las trompetas heroicas de Aida arrojaron su último sonido en honor de Ramadés, y ante las grandes esfinges, bajo las verdes hojas de las palmeras, se adelantaban chispeantes las bailarinas a tomar posesión de la escena.

Madama Scott, con mucha atención y placer seguía las evoluciones del baile; pero Bettina se había quedado pensativa al divisar en un palco de enfrente a un joven alto y moreno. Miss Percival se hablaba a sí misma: ¿Qué hacer? ¿qué decidir? ¿deberé casarme con ese joven que está enfrente y me mira?... pues es a mí a quien mira... Dentro de un momento, en el entreacto, vendrá y no tendría más que decirle: «¡Está bien! he aquí mi mano... Seré vuestra esposa.» ¡Y así lo haría! ¡Princesa, yo sería Princesa, Princesa Romanelli! ¡Princesa Bettina! ¡Bettina Romanelli! Queda bien, suena muy bien al oído: «La señora Princesa está servida. ¿La señora Princesa montará a caballo hoy?...» ¿Me divertiría siendo Princesa? Sí y no... Entre todos los jóvenes que desde hace un año en París corren tras mi fortuna, este Príncipe Romanelli es hasta ahora lo mejor... Preciso será, que uno de estos días me decida a casarme... Creo que me ama... Sí, ¿pero acaso lo amo? No, no lo creo... ¡y me gustaría tanto amar!... ¡Oh, sí, me gustaría tanto!...

A la misma hora en que estas reflexiones cruzaban por la linda cabeza de Bettina, Juan, solo en su gabinete de estudio, sentado ante el escritorio con un gran libro bajo la pantalla de la lámpara, repasaba, tomando notas, la historia de las campañas de Turena. Al día siguiente debía dar clase a sus subalternos en el regimiento, y con toda prudencia preparaba su lección.

Pero de repente, en medio de sus notas: Nördlingen, 1645; las Dunes, 1658; Mülhausen y Türckheim, 1674-1675, vio un croquis... Juan no dibujaba mal. Un retrato de mujer vino a colocarse por sí solo bajo su pluma. ¿Qué venía a hacer allí en medio de las victorias de Turena, aquella buena mujercita? ¿Y cuál de las dos era?... ¿Madama Scott o miss Percival? ¿Cómo saberlo?... ¡Se parecían tanto! Y Juan, penosa, trabajosamente, volvía a la historia de las campañas de Turena.

En el mismo momento también, el abate Constantín, de rodillas ante su camita de nogal, con todo el fervor de su alma, pedía las gracias del Cielo para las dos mujeres que le hicieron pasar el día más feliz de su vida. Rogaba a Dios bendijera a madama Scott en sus hijos, y diera a miss Percival un marido, según su corazón.

IV

Antes, París pertenecía a los parisienses, y este antes no está muy lejos de nosotros, treinta o cuarenta años apenas. Los franceses, en esta época, eran dueños de París, como los ingleses lo son de Londres, los españoles de Madrid y los rusos de San Petersburgo. Pasaron esos tiempos. Los otros países tienen aún fronteras, pero la Francia ya no las tiene. París se ha convertido en una inmensa torre de Babel, una ciudad internacional y universal. Los extranjeros no sólo vienen a visitar París, sino también a vivir en él.

Tenemos ahora en París una colonia rusa, una colonia española, una colonia levantina, una colonia americana, y estas colonias poseen cada una sus iglesias, sus banqueros, sus médicos, sus diarios, sus pastores, sus pobres y sus dentistas. Los extranjeros han conquistado ya sobre nosotros la mayor parte de los Campos Elíseos y del bulevar Malesherbes; ellos avanzan, se extienden; nosotros retrocedemos, rechazados por la invasión, y nos vemos obligados a expatriarnos. Vamos a fundar colonias parisienses en la llanura de Passy, en la llanura de Monceau, en los barrios que antes no eran absolutamente París, y que aun hoy no lo son del todo.

Entre estas colonias extranjeras, la más numerosa, la más rica, la más brillante, es la colonia americana. Llega un momento en que el americano se siente bastante rico; el francés, jamás tiene bastante. El americano se detiene entonces, respira un poco, y cuidando el capital, no cuenta ya la renta, pues sabe gastarla; el francés no sabe más que ahorrar.

El francés sólo tiene un lujo verdadero: sus revoluciones. Prudente y cautelosamente se reserva para ellas, sabiendo que costarán muy caro a la Francia, pero al mismo tiempo darán ocasión a muy ventajosos empleos. El presupuesto de nuestro país es un grande empréstito, perpetuamente abierto. El francés dice:

—¡Atesoremos, atesoremos! Una de estas mañanas estallará una revolución que hará caer el cinco por ciento a cincuenta o sesenta francos, y entonces compraré. Puesto que las revoluciones son inevitables, procuremos al menos sacar algún provecho de ellas.

Sin cesar se habla de la gente arruinada por las revoluciones, y quizá es mayor el número de las personas enriquecidas por las revoluciones.

Los americanos sufren fuertemente la atracción de París. No existe en el mundo otra ciudad en que sea tan agradable y tan fácil gastar el dinero. Por razones de raza y origen, esta atracción se ejercía sobre madama Scott y miss Percival de una manera extraordinaria.

La más francesa de nuestras colonias, es el Canadá, que ya no nos pertenece. El recuerdo de la primera patria ha subsistido profunda y dulcemente en el corazón de los emigrados de Quebec y Montreal. Zuzie Percival recibió de su madre una educación muy francesa, y ella educó a su hermana en los mismos sentimientos de amor a nuestro país. Las dos hermanas se sentían enteramente francesas, más aún, parisienses.

Apenas les cayó encima aquella avalancha de millones, el mismo deseo se apoderó de las dos: venir a vivir en París. Pidieron la Francia como se pide la patria. M. Scott opuso alguna resistencia.

—Si yo no estoy aquí—decía,—y vengo sólo dos o tres meses del año a América, para vigilar nuestros intereses, las rentas disminuirán.

—¡Qué importa!—respondía Zuzie,—somos ricos, demasiado ricos... Partamos, os ruego. ¡Estaremos tan contentas, seremos tan felices allá!

M. Scott se dejó convencer, y Zuzie, en los primeros días de enero de 1880, escribió la carta siguiente a su amiga Katie Norton, que desde hacía algunos años habitaba París:

«¡Victoria, está decidido! Richard consiente. Llegaré en el mes de abril y volveré a ser francesa. Vos me ofrecisteis encargaros de todos los preparativos de nuestra instalación en París, y como soy horriblemente indiscreta, acepto.

»Quiero, apenas ponga los pies en París, poder gozar de París, y no perder el primer mes en viajes a casa del tapicero, del carruajero y de los caballerizos. Desearía, al bajar del tren, encontrar en el patio de la estación, mi carruaje, mi cochero y mis caballos, y que ese día nos acompañaseis a comer en mi casa. Alquilad o comprad una casa, tomad criados, elegid carruajes, caballos, libreas. Confío enteramente en vos. Que las libreas sean azules, y nada más. Esta línea la agrego a pedido de Bettina, que por sobre mi hombro lee lo que escribo.

»Sólo siete criados irán con nosotros a Francia; Richard lleva sus camareros; Bettina y yo las nuestras; las dos ayas de los niños, y además dos boys, Toby y Boby, que nos siguen a caballo y montan perfectamente. Son dos monadas; del mismo alto, la misma figura, y casi la misma cara; nunca encontraríamos en París dos grooms más iguales.

»Todo lo demás, cosas y gente, queda en New-York. No, no todo lo demás, se me olvidaban los cuatro poneys, cuatro joyas, negros como tinta, con manchas blancas los cuatro en las cuatro patas; no tendríamos valor para separarnos de ellos. ¡Los atamos a un canasto y quedan preciosos! Bettina y yo los manejamos muy bien a los cuatro. ¿Puede una señora manejar, sin gran escándalo, por la mañana temprano, en el Bosque? Aquí se hace.

»Sobre todo, mi querida Katie, no os fijéis en el dinero. Haced locuras, verdaderas locuras, es todo lo que os pido.»

El día en que madama Norton recibía esta carta, corrió la noticia de la quiebra de cierto señor Garneville, gran especulador que no había tenido buen tacto, sintiendo la baja cuando debió sentir la alza. Seis semanas antes, este Garneville se había instalado en una gran casa toda recién amueblada, que no tenía más defecto que ser de una magnificencia demasiado violenta.

Madama Norton firmó un contrato de alquiler, cien mil francos al año, con opción a comprar la casa y el mueblaje por dos millones en el primer año. Un tapicero de gran nombre se encargó de corregir y suavizar el desmedido lujo de un mueblaje chillón y extravagante.

Hecho esto, la amiga de madama Scott tuvo la suerte de encontrar, desde el primer momento dos artistas eminentes, sin los cuales no podría fundarse ni funcionar una gran casa.

Primero, un maestro cocinero de primer orden, que acababa de abandonar una antigua casa del faubourg Saint-Germain, con gran pesar, pues tenía sentimientos aristocráticos, y le costaba mucho ir a servir a algún burgués, o a extranjeros.

—Nunca habría dejado a la señora Baronesa—dijo a madama Norton,—si la casa hubiera seguido en el mismo pie de lujo; pero la señora Baronesa tiene cuatro hijos, dos que han hecho locuras, y dos niñas que pronto serán casaderas, y deberá dotarlas. En fin, la señora Baronesa se ve obligada a estrecharse, y la casa no es bastante importante para mí.

Este distinguido funcionario puso sus condiciones, y aunque excesivas, no asustaron a madama Norton, que sabía se trataba de un hombre de verdadero mérito; mas él, antes de decidirse, pidió permiso para telegrafiar a New-York pidiendo informes, y como la respuesta fuera favorable, aceptó.

El segundo artista era un picador de rara y grande capacidad, que acababa de retirarse del servicio después de hecha su fortuna. Sin embargo, consintió en organizar las caballerizas de madama Scott, con la expresa condición de tener entera libertad para la adquisición de caballos, de no usar librea, de elegir a su gusto los cocheros, grooms y palafreneros; de no tener nunca menos de quince caballos disponibles, de que no harían ningún trato con el carruajero ni el talabartero sin su intervención, y que sólo subiría al pescante por la mañana, en traje particular, para dar lecciones a las señoras o los niños, si fuera necesario.

El maestro tomó posesión de sus hornillas y el picador de sus caballerizas. Lo demás era únicamente cuestión de dinero, y madama Norton aprovechó sus plenos poderes, conformándose con las instrucciones recibidas. En el corto espacio de dos meses hizo verdaderos prodigios para que la instalación de los Scott, fuese completa y absolutamente irreprochable.

Y el 15 de abril de 1880, M. Scott, Zuzie y Bettina bajaron del tren del Havre a las cuatro y media, en la estación Saint-Lazare, y encontraron a madama Norton, que les dijo:

—Ahí tenéis vuestra calesa en el patio, y detrás de la calesa está el landó para los niños, y más allá un ómnibus para los criados, todos con vuestras iniciales, conducidos por vuestros cocheros y tirados por vuestros caballos. Vivís en el número 24 de la calle de Murillo, y aquí tenéis el menú de vuestra comida de hoy. Me invitasteis hace dos meses, y acepté, tomándome la libertad de traeros unas quince personas más. Soy la proveedora de todo, hasta de los convidados. Pero tranquilizaos, a todos los conocéis, son nuestros amigos comunes... y desde esta noche podremos juzgar de los méritos de vuestro cocinero.

Madama Norton entregó a madama Scott una linda tarjeta con filete de oro, que decía: Menu du dîner du 15 Avril 1880, y más abajo: Consommé à la parisienne, truîtes saumonées à la russe, etcétera.

El primer parisiense que tuvo el honor y el placer de rendir homenaje a la belleza de madama Scott y miss Percival, fue un pequeño pinche de quince años que se encontraba allí, vestido de blanco, con su canasta de mimbres en la cabeza, en momentos en que el cochero de madama Scott, molestado por tanto carruaje, salía con dificultad del patio de la estación. El pinche se paró de golpe en la acera, abrió tamaños ojos, miró a las dos hermanas con aire de asombro y les lanzó valientemente al rostro esta simple palabra:

—¡Cáspita!

Cuando madama de Récamier vio venir las canas y las arrugas, decía a una de sus amigas:

—¡Ah! querida mía, ya no me hago ninguna ilusión; desde el día en que los pequeños deshollinadores no se volvían en la calle para mirarme, comprendí que todo había concluido.

La opinión de los pinches vale, en caso semejante, tanto como la de los deshollinadores... Todo no había concluido aún para Zuzie y Bettina, por el contrario, todo empezaba.

Cinco minutos después, el carruaje de madama Scott subía por el bulevar Haussmann al trote lento y cadencioso de dos soberbios caballos; París contaba dos parisienses más.

El éxito de madama Scott y miss Percival fue inmediato, decisivo, como un rayo. Las bellezas de París no están clasificadas y catalogadas como las bellezas de Londres; no hacen publicar sus retratos en los periódicos ilustrados, ni dejan vender sus fotografías en las papelerías!... Sin embargo, existe un pequeño estado mayor de una veintena de mujeres, que representan la gracia, la elegancia y la belleza parisienses, cuyas mujeres, después de diez o doce años de servicio, pasan al cuadro de reserva, ni más ni menos que los viejos generales.

Zuzie y Bettina formaron en el acto parte de este pequeño estado mayor. Fue asunto de veinticuatro horas; ni tanto, pues esto sucedió entre las ocho de la mañana y las doce de la noche, al día siguiente de su llegada a París.

Imaginaos una especie de ronda mágica en tres actos y cuyo éxito fuera creciendo de cuadro en cuadro:

1.º Paseo a caballo por la mañana, a las diez, en el Bosque, con dos maravillosos grooms traídos de América;

2.º Paseo a pie, a las seis, en la avenida de las Acacias;

3.º Aparición en la Opera, a eso de las diez, en el palco de madama Norton.

Las dos extranjeras fueron inmediatamente notadas y apreciadas como merecían, por las treinta o cuarenta personas que constituyen una especie de tribunal misterioso, que sentencia a nombre de todo París, y cuyas sentencias son sin apelación. Estas treinta o cuarenta personas tienen de tiempo en tiempo el capricho de llamar deliciosa a una mujer evidentemente fea, y es lo bastante para que desde ese día parezca deliciosa.

La belleza de las dos hermanas no era discutible. Por la mañana admiraron su gracia, elegancia y distinción; a mediodía declararon que tenían el andar preciso y majestuoso de las jóvenes diosas, y por la noche, lanzaron un grito unánime sobre la ideal perfección de sus hombros. La partida había sido ganada. Desde entonces, todo París tuvo para las dos hermanas los ojos del pequeño pinche de la calle Amsterdam; todo París repitió su: ¡Cáspita! bien entendido, con las variantes y modificaciones impuestas por los usos de la sociedad.

Los salones de madama Scott, se hicieron inmediatamente a la moda. Los visitantes a las tres o cuatro grandes casas americanas se transportaron en masa a casa de Scott, que recibió trescientas personas en su primer miércoles. Su círculo aumentó rápidamente; de todo había en su clientela: americanos, españoles, italianos, húngaros, rusos y hasta parisienses.

Cuando contó su historia al abate Constantín, madama Scott no se lo dijo todo... nunca se cuenta todo. Ella sabía que era preciosa, le gustaba que la vieran, y no le disgustaba que se lo dijeran... En una palabra, era coqueta. Sin eso, ¿habría sido parisiense? M. Scott tenía en su mujer plena confianza y le dejaba entera libertad. El se presentaba poco en sociedad. Era un galantuomo que se sentía vagamente molestado por haber hecho un casamiento semejante, por haberse casado con tanto dinero. Tenía vocación por los negocios, se complacía en consagrarse por completo a la administración de las dos enormes fortunas que tenía entre manos, en acrecentarlas sin cesar, y decir todos los años a su mujer y a su cuñada:

—Sois más ricas que el año pasado...

No sólo velaba con mucha prudencia y habilidad sobre los intereses que había dejado en América, sino que en Francia también se lanzó en grandes negocios, que llevó a cabo en París como en New-York con el mayor éxito. Para ganar dinero no hay nada mejor que no tener necesidad de ganarlo.

Hiciéronle la corte a madama Scott, hiciéronsela enormemente... se la hicieron en francés, en inglés, en italiano, en español; pues conocía los cuatro idiomas... esta es otra ventaja que tienen las extranjeras sobre las parisienses, que generalmente no conocen más que la lengua materna y no tienen el recurso de las pasiones internacionales.

Madama Scott no tomó un palo para echar de su casa a aquella gente. Tuvo a la vez diez, veinte, treinta adoradores; pero ninguno pudo jactarse de la más mínima preferencia, a todos opuso la misma resistencia amable, alegre, risueña... Claro era que se divertía en el juego, y no tomaba ni por un instante la partida a lo serio. Jugaba por placer, por honor, por amor al arte. M. Scott jamás manifestó la menor inquietud, y tenía perfecta razón para estar tranquilo... Más aún, gozaba con los triunfos de su mujer; era feliz al verla contenta. ¡La amaba tanto!... un poco más que ella a él, quizá.

En cuanto a Bettina, formose a su alrededor una carrera fantástica, ¡una ronda infernal! ¡Semejante fortuna! ¡Y semejante belleza! Miss Percival llegó a París el 15 de abril, y no habían transcurrido quince días, cuando empezaron a llover los pretendientes. En el curso de este primer año, Bettina se entretuvo en llevar la cuenta con exactitud; en este primer año, habría podido, si hubiera querido, casarse treinta y cuatro veces... ¡Y qué variedad de pretendientes!

Pidieron su mano para un joven desterrado que, mediante ciertas eventualidades, podía ser llamado a subir sobre un trono, pequeño, es verdad, pero que, sin embargo, era un trono.

Pidieron su mano para un joven Duque, que haría una gran figura en la Corte, cuando la Francia, y esto era inevitable, reconociera sus errores y se inclinara ante sus legítimos señores.

Pidieron su mano para un joven Príncipe que tendría su puesto sobre las gradas del trono, cuando la Francia, que esto era imprescindible, reanudara la cadena de las tradiciones napoleónicas.

Pidieron su mano para un joven diputado republicano, que acababa de presentarse con mucho brillo en la Cámara, y a quien el porvenir reservaba los puestos más encumbrados, pues la República estaba ahora fundada en Francia sobre bases indestructibles.

Pidieron su mano para un joven español de la más alta categoría, y le dieron a entender que la fiesta del contrato tendría lugar en el palacio de una Reina que no vive muy lejos del arco de la Estrella... Encuéntrase también su dirección en el almanaque Bottín... pues hay Reinas cuya dirección se halla en el Bottín, entre un notario y un herborista. Sólo los Reyes de Francia no habitan ya la Francia.

Pidieron su mano para el hijo de un par de Inglaterra y para el hijo de un miembro de la Cámara de los señores de Viena; su mano para el hijo de un banquero de París, y para el hijo de un embajador de Rusia; su mano para un Conde húngaro, y para un Príncipe italiano... y también para muchos jóvenes que no eran nada, ni tenían nada, ni nombre, ni fortuna. Pero Bettina les había concedido una vuelta de vals, y creyéndose irresistibles, esperaban haber hecho latir su corazón.

Mas hasta entonces nada había hecho latir aquel corazón, y la respuesta para todos era la misma:

—¡No!... ¡no!... ¡Todavía no!... ¡Siempre no!

Algunos días después de la representación de Aida, las dos hermanas habían tenido una larga conversación sobre la grave, la eterna cuestión del matrimonio. Madama Scott pronunció cierto nombre que provocó el rechazo más neto y más enérgico por parte de miss Percival.

Y Zuzie, sonriendo, dijo a su hermana:

—Sin embargo, Bettina, te verás obligada a acabar por casarte.

—¡Sí, ciertamente!... ¡Pero me disgustaría tanto casarme sin amar! Paréceme que para resolverme a una cosa semejante, sería preciso que me viera en peligro inminente de morir solterona... ¡Y no he llegado a ese extremo todavía!

—No, todavía no.

—¡Esperemos, entonces, esperemos!

—¡Esperemos!... Pero entre tanto pretendiente que anda tras de ti desde hace un año, hay muchos simpáticos, amables, y es verdaderamente extraño que ninguno de ellos...

—¡Ninguno... mi Zuzie, absolutamente ninguno! ¿Por qué no os había de decir la verdad? ¿Es culpa de ellos? ¿Han sido poco inteligentes? ¿Habrían podido con más habilidad encontrar el camino de mi corazón? ¿O será culpa mía? ¿Este camino será, quizá, un mal camino escarpado, rocalloso, inaccesible, y por donde nadie pasará nunca? ¿Seré, tal vez, una mala criatura, seca, fría y condenada a no amar jamás?

—No lo creo...

—Ni yo tampoco. ¡Pero no obstante, hasta ahora esa es mi historia! No, nunca he sentido nada que se asemeje al amor... Os reís... Y yo adivino por qué os reís... Pensáis: «Vean, pues, a esta niña que pretende saber lo que es amar.» Tenéis razón, no lo sé... pero lo imagino, ¿Amar, no es preferir a todos y a todo, cierta persona?

—Sí, eso es.

—¿Es no poder cansarse de oír y ver a esta persona? ¿Es cesar de vivir cuando ella no está presente, para revivir en el acto que reaparece?

—¡Oh, oh, es un gran amor ese!

—¡Pues bien, ese es el amor con que yo sueño!

—¿Y es ese el amor que no llega?

—Absolutamente... hasta ahora. Y, sin embargo, existe la persona que yo prefiero a todos y a todas... ¿Sabéis quién es?

—No, no lo sé... pero lo imagino...

—Sí, sois vos, mi querida, y quizá sois vos, mi mala hermana, quien me hace insensible y cruel hasta el extremo. Os quiero demasiado; con todo mi corazón. Lo ocupáis todo entero, no hay lugar para nadie más. ¡Preferir a alguien! ¡amar a alguien más que a vos!... jamás lo conseguiré.

—¡Oh, sí!...

—¡Oh, no! Amar de otra manera... tal vez, pero más no. Que no cuente con eso el señor que espero y no llega.

—No temáis nada, mi Betty; habrá lugar en vuestro corazón para todos aquellos a quienes debáis amar, para vuestro marido, para vuestros hijos, y eso sin que pierda nada vuestra vieja hermana... Es muy chiquito el corazón, y es muy grande al mismo tiempo.

Bettina besó con cariño a su hermana; luego quedose con la cabeza apoyada amorosamente sobre el hombro de Zuzie.

—Pero si estuvierais cansada de tenerme a vuestro lado, si tuvierais apuro de veros libre de mí, ¿sabéis lo que haría? Pondría en una canastilla el nombre de dos de estos señores, y tiraría a la suerte. Hay dos que, a decir verdad, no me serían absolutamente desagradables.

—¿Cuáles son?

—Adivinad...

—El Príncipe Romanelli...

—¡Y va uno! ¿El otro?...

—M. de Montessan...

—¡Y van dos! Eso es; sí, esos dos serían aceptables, pero nada, nada más que aceptables, y eso no basta.

Por eso Bettina esperaba con impaciencia el día de la partida y la instalación en Longueval. Sentíase fatigada de tantos placeres, de tantos triunfos, de tantos pedidos matrimoniales. El torbellino parisiense la había tomado desde su llegada, para no soltarla más. Ni una hora de alto ni descanso. Sentía la necesidad de entregarse a sí misma, a solas durante algunos días, por lo menos, de consultarse, interrogarse a su gusto en la plena tranquilidad y soledad del campo, pertenecerse, en fin, tener un momento suyo.

Por eso estaba tan alegre Bettina el 14 de junio, a mediodía, al subir al tren que debía conducirla a Longueval. Apenas se vio sola en el vagón con su hermana, exclamó:

—¡Ah, cuán contenta estoy! Respiremos un poco. ¡Sola con vos durante diez días, qué suerte! pues los Norton y los Turner no vendrán hasta el 25, ¿no es así?

—Sí, el 25.

—Pasaremos nuestra vida a caballo, en carruaje, por los campos y los bosques. ¡Diez días de libertad! ¡Y durante estos días no se presentará ningún pretendiente, ni uno solo! ¡Dios mío! todos estos pretendientes ¿de qué estarán enamorados? ¿de mí o de mi dinero? Este es el misterio, el misterio impenetrable.

La máquina silbó, el tren se movió lentamente. Una idea extravagante cruzó por la cabeza de Bettina, inclinose sobre la portezuela y exclamó, acompañando sus palabras con un pequeño saludo con la mano:

—¡Adiós, mis pretendientes, adiós!

Luego se echó bruscamente para atrás, presa de un acceso de risa nerviosa.

—¡Ah, Zuzie, Zuzie!

—¿Qué hay?

—Un hombre con una bandera roja en la mano... me ha visto... ¡me ha oído!... ¡Y se ha quedado asombrado!...

—¡Sois tan poco razonable!

—Sí, es cierto, por haber gritado así por la portezuela; pero no por considerarme feliz al pensar que vamos a vivir solas las dos, en completa libertad.

—¡Solas! No tan solas como os imagináis. Por lo pronto, hoy recibiremos dos personas a comer con nosotras.

—¡Ah! es verdad, pero no me disgusta mucho volver a ver esas dos personas. Sí, me alegro de que volvamos a ver al viejo cura, y, sobre todo, al joven oficial...

—¡Cómo! ¿sobre todo?

—Seguramente... porque era tan conmovedor lo que el notario de Souvigny nos contó de él, el otro día, tan noble la acción del artillero cuando era niño, tan noble, tan noble, que yo buscaré esta noche la ocasión de decirle lo que pienso, y la encontraré!

Luego Bettina cambió bruscamente el curso de la conversación.

—¿Enviaron el telegrama a Edwards ayer para los poneys?

—Sí; ayer antes de comer...

—¡Oh! ¿me dejaréis manejarlos hasta el castillo? ¡me alegraré tanto de poder atravesar la ciudad y hacer una linda entrada al patio del castillo sin detenerme en la puerta!... decid... ¿querréis, verdad?

—Sí, sí, convenido, conduciréis los poneys.

—¡Ah, que buena sois, mi Zuzie!

Edward era el picador. Había llegado hacía tres días al castillo para la instalación de las caballerizas y la organización del servicio. Dignose salir al encuentro de madama Scott y miss Percival, trayendo los cuatro poneys con el carruaje, y esperaba en el patio de la estación con numeroso acompañamiento. Puede decirse que todo Souvigny estaba allí. El paso de los poneys a través de la gran calle de la aldea había causado efecto; todos los habitantes se habían precipitado fuera de sus casas preguntándose con avidez:

—¿Qué es eso; qué es eso?

Algunas personas pensaban:

—Un circo ambulante, quizá...

Pero de todos lados exclamaban:

—¿Habéis visto qué bien iban? El carruaje y las guarniciones brillaban como si fueran de oro, y los caballitos con sus rosas blancas a cada lado de la cabeza.

La muchedumbre se había aglomerado en el patio de la estación, y allí supieron que tendrían el honor de asistir a la llegada de las castellanas de Longueval.

Hubo cierto desencanto cuando las dos hermanas se presentaron muy lindas, pero muy sencillas con sus trajes de viaje.

Aquellas buenas gentes esperaban ver aparecer dos princesas mágicas vestidas de seda y brocato, cubiertas de rubíes y brillantes. Pero abrieron tamaños ojos al ver a Bettina dar lentamente la vuelta alrededor de los cuatro poneys, acariciándolos uno después de otro, suavemente con la mano, y examinando con aire de suficiencia los detalles del tiro... No le disgustaba a Bettina, debemos confesarlo, hacer algún efecto sobre aquella multitud de paisanos azorados.

Concluida la revista, Bettina, sin mucho apuro, quitose sus largos guantes de piel de Suecia, reemplazándolos por gruesos guantes de gamuza, sacados del bolsillo del carruaje. Luego se deslizó sobre el pescante en el asiento de Edwards, recibiendo de éste las riendas y el látigo con extrema destreza y sin que los caballos, muy excitados, tuviesen tiempo de apercibirse del cambio de mano. Madama Scott se sentó al lado de su hermana. Los poneys pateaban, bailaban, amenazaban encabritarse.

—Cuidado, señorita—dijo Edwards;—los poneys están muy briosos hoy.

—Ya los conozco—respondió Bettina;—no temáis.

Miss Percival tenía la mano firme y suave a la vez, y muy segura. Contuvo a los poneys durante algunos instantes, obligándolos a estarse quietos en su lugar; luego, envolviendo a los delanteros con una doble y larga ondulación de su látigo, los hizo arrancar de un solo golpe, con incomparable destreza, y salió magistralmente del patio de la estación, en medio de un prolongado murmullo de asombro y admiración.

El trote de los cuatro caballos sonaba sobre las piedras de Souvigny. Bettina, hasta la salida de la ciudad, les hizo marchar pausadamente, pero en cuanto vio ante sí dos kilómetros de camino llano, sin subida ni bajada, dejó los poneys ponerse progresivamente a gran trote... y llevaban un trote infernal.

—¡Oh! cuán feliz soy, Zuzie. Podremos trotar y galopar solas por estos caminos. ¿Queréis manejar, Zuzie? ¡Es tan lindo cuando se les puede dejar andar! ¡Son tan trotadores y tan buenos! Mirad, tomad las riendas.

—No, conservadlas, prefiero ver que os divertís.

—¡Oh! sí, me divierto y bien. Me gusta tanto manejar cuatro caballos, cuando hay espacio para correr! En París, aun por la mañana, yo no me atrevía; me miraban demasiado, y eso me molestaba... Pero aquí... ¡nadie!... ¡nadie!... ¡nadie!...

En el momento en que Bettina, algo embriagada ya con el aire y la libertad, lanzaba triunfante sus tres: «¡Nadie, nadie, nadie!» apareció un caballero, que se adelantaba al paso, al encuentro del carruaje.

Era Pablo de Lavardens, que desde hacía una hora esperaba allí para tener el gusto de ver pasar a las americanas.

—Os engañáis—dijo Zuzie a Bettina,—ahí viene alguien.

—Un paisano. Los paisanos no se cuentan; esos no pedirán mi mano.

—No tiene nada de paisano, mirad.

Pablo de Lavardens, al pasar al lado del carruaje, hizo a las dos hermanas un saludo de la más alta corrección, y que de lejos descubría al parisiense.

Los poneys corrían tan ligero, que el encuentro tuvo la rapidez de un relámpago. Bettina exclamó:

—¿Quién es ese señor que acaba de saludarnos?

—Apenas tuve tiempo de verlo, pero me parece que lo conozco.

—¿Lo conocéis?

—Y apostaría a que lo he visto este invierno en casa.

—¡Dios mío! ¿será uno de los treinta y cuatro? Volveremos a empezar otra vez.

El Abate Constanín by Ludovic Halévy – Full Text (Chapters 5-8)

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